Me presento ante vosotros desnudo y desarmado. Sólo yo y mi nombre. Y solicito el juicio de los sabios. Me llamo Carlos y soy, entre otras cosas, profesor de secundaria. Me han acusado de ser “facha”. Leed mi alegato, juzgad vosotros mismos, y perdonad mis excesos.

 

Me han acusado de “facha” porque soy ya incapaz de creerme una sola palabra de toda la marabunta pedagógica que ha invadido y envilecido la educación en este país. Pedagogía pseudocientífica del discurso vacío, del parloteo y la facundia terminológicos que sólo sirven para abrumar al oyente/lector e impedirle así darse cuenta del verdadero contenido de ese discurso: la más absoluta y desvergonzada vacuidad.

 

Me han acusado de “facha” porque no creo que todos los alumnos sean iguales. Creo en la igualdad de oportunidades, pero no, bajo ningún concepto, en el igualitarismo por decreto, no en el “aquí hasta los dieciséis porque lo dice la ley”, no en la nivelación por lo bajo, no en el monocromatismo de lo simple, lo fácil y lo divertido. Me acusan de "facha" porque me parece bordear el absurdo burocrático el obligar a incoar e instruir laboriosos e interminables expedientes que sitúan en el mismo rasero a profesor y alumno en los casos de indisciplina punible: tan descabellado es que cuando se toma una decisión sancionadora el agresor ni siquiera recuerda el motivo de dicha sanción.

 

Me han tachado de “facha” porque no me creo el cuento de la atención a la diversidad y sí creo en los itinerarios alternativos en función de lo que cada uno quiera y pueda hacer, en la verdadera atención a la diversidad, a las necesidades, vocaciones, posibilidades y capacidades de cada uno. Me han llamado “facha” porque considero una crueldad tener encerrados hasta los dieciséis años, pudriéndose de aburrimiento en un instituto, a adolescentes que podrían dedicar su tiempo a cosas muchísimo más formativas y útiles. Me llaman facha porque reivindico la figura del aprendiz y la función del taller profesional desde los quince  y aun desde los catorce años. Me acusan de “facha” porque exijo que se valore de nuevo el esfuerzo, la disciplina, la voluntad, el aprendizaje conceptual y memorístico y no sólo la motivación, el voluntarismo y la diversión. Me llaman “facha” porque afirmo que un instituto debe ser un centro de cultura, de creación, de debate abierto y sincero, de crítica, de pensamiento, y no simple aparcamiento de adolescentes que sean tan rebeldes y críticos como quiera la televisión.

 

Sí. Me han acusado de “facha” porque exijo el regreso al temario – o al currículum, aunque a saber qué es eso – de la literatura y el arte no como herramientas, ni como medios, ni como estrategias o procedimientos o actitudes, sino como finalidad en sí mismos, como caminos para un conocimiento que no sea lo que quieren que sea: puro mercantilismo técnico. Soy, dicen, “facha” porque quiero mentes despiertas y críticas y no sólo operarios cualificados y técnicos especializados.

 

Me han llamdo "facha" porque no me creo la teoría que carga las culpas del fracaso de la LOGSE y de la desmotivación del alumnado sobre un profesorado al que, implacablemente, se le acusa de falta de profesionalidad [sic], de falta de formación pedagógica [sic], de incapacidad para la actualización y  la modernización [sic], de falta de interés en la realidad de sus alumnos [sic, sic], en fin, de incompetente [sic, sic, sic y más sic] y de rebelde por pasiva (esto último, a veces, y, a menudo, justificado y comprensible).

 

Soy ”facha”, me han dicho, porque critico el buenismo progre, porque sostengo que no habrá reforma educativa verdadera en tanto los dos grandes partidos – “grandes” lo dicen ellos mismos, en un evidente ejercicio de modestia – no reconozcan el suicido educativo nacional que han venido perpetrando estos últimos lustros y pidan perdón por él a los cientos de miles de alumnos y alumnas cuyas capacidades y posibilidades se han visto mermadas por una educación salvajemente desorientada;  y también a los cientos de miles y alumnos y alumnas que han desperdiciado miserablemente dos o tres años de su vida vegetando por ley en centros educativos que no respondían a sus necesidades; y también a los miles de profesores y profesoras que han perdido toda motivación o que han enfermado y abandonado su vocación ante la debacle; y a los padres, claro.

 

Me ha dicho que soy “facha” porque afirmo que lo que necesita la educación no son nuevas leyes grotescas e intervencionistas infladas de autocomplaciente verborrea pedagógica más o menos bienintencionada, sino PASTA (¡carajo!: centros, instalaciones, profesorado y más profesorado, material, recursos,...). Vengan después leyes respetuosas con la inteligencia de alumnado, profesorado y ¿progenitorado?- y lo que cuesta esto de intentar ser políticamente correcto, ¿eh?-.

 

También debo de ser “facha” porque no puedo evitar una sonrisa ante los cursos que pedagogos, psicólogos, psicopedagogos, pedapsicogogos, y demás gogos gorrones del sistema educativo - que en su puñetera vida han pisado un aula pero sí cobran por redactar leyes, informes, gráficos y siguen cobrando, claro, por impartir cursos y conferencias -, ante los cursos, decía, que esta gente titula pomposa y enfáticamente con términos como “Dinámicas de aula, inserción e interculturalidad”, “Convivencia escolar: conflictividad, currículo transversal y mediación”, o, atención a éste: “Reflexión para la planificación de los niveles de concreción en los proyectos curriculares departamentales”.

 

En otro lugar, y en otro contexto, me han acusado de “facha” porque afirmo que la “senyera” y el Barça me traen al pairo, pero también me acusaron, poco después y en otro lugar, de “rojo independentista” porque manifesté igual desaire respecto a la rojigualda y a los once payasos del “a por ellos, oé, oé”. Pero ésa es otra historia.

 

Ya veis: no soy de derechas, no escucho la cadena episcopal ni leo el periódico ése (ya sabéis cuál); no soy creyente ni defiendo la pena de muerte ni estoy en contra del aborto; se me dan una higa banderas, tradiciones e himnos; prefiero el diálogo a la imposición, la lucha obrera a la lucha patriótica, el pensamiento crítico a la mente unidimensionada, lo social a lo político, lo público a lo privado, y mil ideas más que podría alegar... Pero me han acusado de ser "facha". Está claro, en fin, que hay palabras  y etiquetas que deberían medirse mucho mejor.

 

Fin del alegato. Quedo visto para sentencia.

 

Por Carlos Rull

 

En pro de la sinceridad y el buen hacer, puedes efectivamente juzgar este alegato y transmitir tu opinión y/o veredicto enviándome un correo aquí. Aceptaré el veredicto. Gracias.